En Estados Unidos, el término técnico y más extendido para referirse a quienes carecen de una vivienda fija es homeless, aunque la evolución del lenguaje hacia un enfoque más humano ha impulsado el uso de people experiencing homelessness. No es una simple cuestión de semántica; es un reflejo de una crisis sistémica. Dependiendo del contexto —ya sea legal, médico o cotidiano— las etiquetas varían entre unhoused, unsheltered o el más burocrático displaced individuals, marcando distinciones cruciales sobre su realidad inmediata.

Estructura de una crisis: más allá de la falta de un techo

Para entender el ecosistema del desamparo en la potencia norteamericana, debemos despojarnos de la caricatura del individuo durmiendo en un banco de Central Park. El fenómeno es un espectro. El Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano (HUD) clasifica estas realidades con una precisión casi quirúrgica. Por un lado, tenemos a los sheltered, quienes pernoctan en albergues temporales o programas de transición. Por otro, los unsheltered, aquellos cuya resistencia se pone a prueba en lugares no aptos para la habitabilidad humana: coches abandonados, portales, parques o debajo de los puentes de hormigón que vertebran las metrópolis.

La etimología popular en español suele recurrir a "indigente" o "vagamundo", pero estas palabras cargan con un estigma de pasividad que no encaja con la volatilidad del mercado inmobiliario estadounidense. En ciudades como San Francisco o Los Ángeles, el término unhoused ha ganado tracción entre los activistas. ¿Por qué? Porque "home" (hogar) es un concepto afectivo y social, mientras que "house" (casa) es una estructura física. Decir que alguien está unhoused señala directamente un fallo en la infraestructura social y el derecho a la vivienda, quitando el foco del supuesto fracaso personal del individuo para ponerlo en el sistema.

Esta distinción es vital. No estamos ante un grupo monolítico. Existe el sinhogarismo crónico, el episódico y el transitorio. La mayoría de los estadounidenses están a un solo cheque de distancia —un despido, una emergencia médica o un divorcio— de engrosar estas filas. Es una precariedad que respira en el cuello de la clase trabajadora, convirtiendo la palabra homeless en un fantasma que recorre todos los estratos sociales.

Análisis del léxico oficial frente a la realidad del asfalto

Si hurgamos en los documentos del Censo o en las directrices de los CDC, el lenguaje se vuelve aséptico. Se habla de housing insecurity para describir a esa masa invisible que practica el couch surfing (saltar de sofá en sofá en casas de conocidos) o que vive hacinada en moteles de carretera pagados por semana. Estas personas no siempre aparecen en las estadísticas nocturnas, pero técnicamente carecen de un domicilio legal. Son los fantasmas de la economía de servicios, trabajadores que de día sirven cafés en Starbucks y de noche se retiran a sus vehículos en parkings vigilados.

El uso de people experiencing homelessness busca enfatizar la temporalidad. La idea es subrayar que la falta de vivienda es una situación que la persona atraviesa, no una identidad intrínseca. Es un intento por recuperar la dignidad en un país donde tu valor suele medirse por tu código postal. Sin embargo, en la calle, el argot es distinto. Entre ellos, pueden llamarse travelers si están en constante movimiento, o simplemente residentes de un encampment (campamento). La brecha entre cómo el Estado los nombra y cómo ellos se perciben es un abismo de burocracia y supervivencia.

La arquitectura hostil de las ciudades —bancos con apoyabrazos intermedios para evitar que alguien se tumbe o pinchos bajo los puentes— es el lenguaje no verbal del sistema. Complementa a la perfección el endurecimiento de las leyes locales que criminalizan el acto de dormir en público. Así, el término vagrancy (vagancia), que parecía enterrado en el siglo XIX, resurge en los códigos penales modernos para justificar desalojos de campamentos, transformando un problema de salud pública y vivienda en un asunto policial.

Implicaciones prácticas: el peso de una etiqueta

Nombrar a alguien de una forma u otra determina su acceso a recursos federales. Si un individuo es clasificado como chronically homeless, entra en una vía prioritaria para programas de Permanent Supportive Housing. Para calificar bajo esta etiqueta, se debe demostrar una discapacidad y haber estado sin hogar de forma continua durante un año, o haber tenido al menos cuatro episodios en los últimos tres años. Es una jerarquía del sufrimiento donde la precisión del lenguaje define quién recibe una llave y quién sigue esperando en la intemperie.

En el ámbito escolar, la ley McKinney-Vento utiliza una definición mucho más amplia de "homeless" para proteger a los niños. Aquí se incluyen aquellos que comparten vivienda por necesidad económica. Gracias a esta distinción terminológica, miles de menores pueden acceder a transporte gratuito y estabilidad educativa, incluso si sus padres están viviendo en el sótano de un pariente. La etiqueta, en este caso, funciona como un escudo legal frente a la exclusión educativa. El nombre que les damos es, en última instancia, la herramienta con la que abrimos o cerramos las puertas de la reintegración social en un país de contrastes brutales.

Errores comunes y consejos de expertos

Uno de los errores más frecuentes al abordar este tema es el uso de terminología que reduce a la persona a su situación actual. Evite términos como "homeless" como sustantivo absoluto (por ejemplo, "los homeless"), ya que esto despoja al individuo de su humanidad. Los expertos en políticas públicas en Estados Unidos sugieren priorizar el lenguaje "person-first" (la persona primero). Decir "personas en situación de calle" o "individuos experimentando falta de vivienda" marca una diferencia psicológica crucial: la falta de hogar es una circunstancia transitoria, no una identidad permanente.

Otro fallo recurrente es ignorar las categorías específicas dentro del sistema legal estadounidense. No es lo mismo una persona en un refugio temporal que alguien que vive en una zona no apta para la habitabilidad humana (como un coche o un parque). Si usted se encuentra en un entorno profesional o académico, el consejo de oro es utilizar el acrónimo PEH (People Experiencing Homelessness). Este término es el estándar actual en ONGs y organismos gubernamentales porque evita el estigma y reconoce la complejidad del problema sistémico, alejándose de la narrativa que culpa exclusivamente al individuo por su situación.

Preguntas Frecuentes (FAQ)

¿Es ofensivo usar el término "homeless" hoy en día?

No es intrínsecamente ofensivo, pero está perdiendo tracción en contextos oficiales. En la conversación cotidiana, "homeless" sigue siendo la palabra más común. Sin embargo, en entornos institucionales se prefiere "unhoused" o "unsheltered" porque son términos más descriptivos y menos cargados de juicios morales sobre el concepto de "hogar".

¿Qué significa exactamente el término "unhoused"?

El término "unhoused" ha ganado popularidad en ciudades como San Francisco y Nueva York. Se utiliza para enfatizar que el problema es la falta de acceso a una vivienda física y segura, más que una deficiencia personal del individuo. Es una forma de señalar que la persona es parte de la comunidad, pero carece de un techo.

¿Cómo se les llama a los jóvenes en esta situación?

Para los menores de edad, el Departamento de Educación utiliza términos específicos como "McKinney-Vento students". Este marco legal asegura que los niños "sin una residencia fija, regular y adecuada" mantengan sus derechos educativos, utilizando un lenguaje protector que evita etiquetas sociales pesadas.

Veredicto Editorial

La evolución del lenguaje en Estados Unidos refleja un cambio de paradigma: de la lástima a la responsabilidad civil. Mi recomendación es optar siempre por la precisión. Si busca ser respetuoso y sonar como un experto, utilice "unhoused neighbors" (vecinos sin casa) o "individuals experiencing homelessness". Al final del día, las palabras que elegimos determinan cómo diseñamos las soluciones para esta crisis humanitaria.