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Hacer la cola en Venezuela no es simplemente aguardar un turno; es una institución informal, una coreografía del desgaste y una estrategia de supervivencia grabada en el ADN del ciudadano contemporáneo. Se trata del acto de permanecer durante horas, a veces días, en hileras humanas interminables para acceder a bienes básicos, combustible o servicios. Es un microcosmos donde convergen la crisis económica, la resiliencia psicológica y una estructura social paralela que dicta quién avanza y quién se queda atrás en el asfalto.
Génesis de una distorsión: Por qué el tiempo se volvió moneda
Para entender este fenómeno, hay que despojarse de la visión simplista del desabastecimiento. La "cola" venezolana nació de una tormenta perfecta donde el control de precios, la caída de la producción nacional y la asfixia de las importaciones colisionaron frontalmente. No hablamos de una espera casual en un banco. Hablamos de madrugadas gélidas en las aceras de los supermercados, bajo la mirada de una luna que apenas ilumina el inicio de una jornada de doce horas. El tiempo dejó de ser una magnitud física para convertirse en la única divisa que el venezolano podía pagar cuando el bolívar perdió su valor ante la hiperinflación.
Esta dinámica transformó la geografía urbana. Las ciudades se redibujaron en torno a los establecimientos, creando una suerte de nomadismo comercial. El ciudadano se convirtió en un rastreador de rumores: "llegó harina en tal sitio", "están surtiendo gasolina allá". Esta incertidumbre crónica forjó un temple de acero, pero también una fatiga social sin precedentes. La estructura de la cola tiene sus propias jerarquías, sus propios códigos de honor y sus propios verdugos. Es un sistema autopoyético que se regula a sí mismo ante la ausencia de un orden estatal eficiente, donde marcarse el brazo con un número se volvió un tatuaje efímero de pertenencia y esperanza.
Anatomía de la espera: El bachaquero y el tejido social roto
En el corazón de este análisis reside una figura clave: el "bachaquero". Este actor, vilipendiado por unos y buscado por otros, profesionalizó la espera. La cola dejó de ser un trámite para transformarse en un empleo a tiempo completo. Aquí es donde la perplejidad del sistema alcanza su cénit; personas que pasan su vida entera bajo el sol inclemente para arbitrar la escasez. Este mercado secundario erosionó la confianza interpersonal. La solidaridad vecinal, otrora pilar de la venezolanidad, se vio fracturada por la competencia feroz por el último litro de aceite o el último cupo de gasolina.
El análisis sociológico nos revela que la cola funciona como una niveladora social perversa. En la fila del combustible, el dueño de un vehículo de lujo y el transportista de carga comparten el mismo tedio y la misma incertidumbre. Sin embargo, esa aparente igualdad es ilusoria. Detrás de la fila oficial, siempre ha existido la "cola VIP", el contacto, la palanca o el pago bajo cuerda. Esta bifurcación del acceso al recurso básico profundizó las brechas de desigualdad, creando un sentimiento de injusticia latente que burbujea bajo la superficie de la resignación cotidiana. La fila es, en última instancia, un termómetro de la gobernanza: mientras más larga es la espera, más corta es la eficiencia de las instituciones.
Implicaciones en la psique y el cuerpo del ciudadano
El impacto transciende lo económico; entra en el terreno de la salud pública y la estabilidad mental. El estrés postraumático de no saber si se logrará el objetivo tras diez horas de plantón genera una ansiedad persistente. Las implicaciones prácticas son devastadoras: pérdida de horas hombre que deberían dedicarse a la producción o al estudio, deserción escolar de jóvenes que deben ayudar a sus padres en la logística del suministro y un sedentarismo forzado por la inmovilidad de la hilera. La biopolítica de la cola controla el cuerpo del venezolano, dictando cuándo come, cuándo duerme y cuándo se desplaza.
Físicamente, el desgaste es evidente. Varices, problemas lumbares y deshidratación son los trofeos amargos de esta práctica. Además, la cola alteró la dieta nacional; se come lo que hay, no lo que se quiere, supeditando la nutrición al éxito de la jornada de espera. La planificación familiar, los proyectos a largo plazo y hasta la vida afectiva quedaron supeditados al calendario de suministro. Es una existencia fragmentada, donde el futuro no se mide en años, sino en cuántos números faltan para llegar a la puerta del establecimiento. Esta parálisis del progreso individual es quizás la consecuencia más silenciosa y letal de la cultura de la fila en el país.
Errores comunes y consejos de expertos
Participar en una fila en Venezuela requiere más que paciencia; demanda una estrategia logística precisa. Uno de los errores más frecuentes es subestimar el equipo necesario. Los expertos recomiendan nunca asistir sin un kit de supervivencia básico: agua, snacks, protector solar y, fundamentalmente, una batería externa para el móvil. La desconexión en medio de una espera de ocho horas puede ser fatal para la moral y la seguridad.
Otro fallo crítico es no verificar la validez de la fila. En contextos de escasez o fallas de servicios, es vital confirmar con las primeras personas de la fila si el establecimiento realmente prestará el servicio o si hay inventario disponible. No basta con ver gente amontonada; pregunte siempre. Además, el manejo del efectivo y los métodos de pago digitales es vital. Dado que las plataformas suelen colapsar, contar con divisas en denominaciones bajas o haber precargado los datos del pago móvil puede ahorrarle minutos de angustia frente a la caja, evitando que el esfuerzo de horas se pierda por un error técnico.
Finalmente, mantenga la cordialidad negociadora. Hacer la cola es un ejercicio social. Establecer vínculos con quienes están adelante y atrás le permite ausentarse brevemente para necesidades básicas sin perder su puesto. La desconfianza excesiva suele generar conflictos innecesarios en un ambiente ya tensionado.
Preguntas Frecuentes
¿Qué es el "marcaje" de puestos y es legal?
El marcaje consiste en anotar nombres en una lista informal o marcar los brazos de los asistentes con números. Aunque no tiene validez legal jurídica, es la ley comunitaria que rige la cola. Ignorar estos sistemas suele derivar en altercados, por lo que se aconseja respetar el orden establecido por el grupo para evitar roces.
¿Es seguro hacer colas de madrugada?
Depende estrictamente de la zona y el propósito. En estaciones de servicio, es una práctica común pero de alto riesgo. La recomendación experta es evitar la pernocta en solitario. Si es estrictamente necesario, se sugiere permanecer dentro de vehículos cerrados y en grupos grandes, manteniendo siempre un bajo perfil respecto a objetos de valor.
¿Cómo influyen los "gestores" en la dinámica actual?
Los gestores o "coleros" son personas que cobran por guardar un puesto. Aunque alivian la carga física para quien paga, distorsionan el flujo natural y son mal vistos por el resto de la fila. En muchos casos, las autoridades restringen su presencia, por lo que contratar este servicio implica el riesgo de ser desalojado sin derecho a reclamo.
Veredicto Editorial
Hacer la cola en Venezuela ha dejado de ser un simple trámite para convertirse en un rasgo de resiliencia cultural. Es un espacio donde se mezcla la frustración con la solidaridad vecinal. Mi veredicto es que, mientras persistan las fallas estructurales, la cola seguirá siendo el termómetro social del país. La clave para sobrevivir a ella no está solo en la espera, sino en la capacidad de transformar ese tiempo perdido en una oportunidad de organización y paciencia estratégica.
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