Cuando escuchas la expresión perro con perro en las esquinas de Medellín o Bogotá, no te equivoques: no hablamos de caninos jugando en el parque. Se trata de una joya del argot colombiano que describe, con una precisión casi quirúrgica, la acción de realizar un intercambio directo de bienes sin que medie un solo peso. Es el trueque elevado a la categoría de arte urbano, donde la astucia del negociante brilla por encima del valor monetario tradicional del mercado actual.

Raíces de una expresión cargada de malicia indígena

Para entender el fenómeno, hay que despojarse de la lógica económica de los libros de texto y ponerse las gafas de la calle. En Colombia, la "malicia indígena" no es maldad, sino una agudeza mental para resolver problemas con lo que se tiene a mano. El perro con perro nace de la necesidad y de esa desconfianza histórica hacia los sistemas bancarios que ha empujado a la gente a valorar más el objeto tangible que el papel moneda devaluado. Antiguamente, los campesinos intercambiaban bultos de café por mulas, pero la modernidad trajo consigo el cambio de un smartphone por una consola de videojuegos, o un reloj por una bicicleta.

La etimología es difusa, pero la imagen mental es poderosa: dos entidades de igual naturaleza enfrentándose en un equilibrio perfecto. No hay ventaja, hay paridad. En el bajo mundo de los mercados de pulgas y los grupos de Facebook "Solo Cambios", esta frase es el código sagrado. Si alguien propone un negocio y la respuesta es un rotundo "perro con perro", está dejando claro que el flujo de caja es nulo pero la voluntad de negociar es absoluta. Es una danza de egos donde el valor se mide por el deseo del otro y no por la etiqueta de precio

Errores comunes y consejos de