¿Cómo se crea el ego?
El ego no nace con nosotros, sino que se va formando poco a poco durante los primeros años de vida. Desde que un niño empieza a gatear y explorar el mundo, también comienza a descubrir una idea nueva: la de “yo”. Frases como “esto es mío” o “yo quiero” marcan el inicio de una separación mental entre uno mismo y los demás.
Este proceso es natural, pero también nos aleja, sin que lo notemos, de una verdad más profunda: que todos estamos conectados, que formamos parte de un todo en constante cambio. El bebé, al principio, no distingue entre su cuerpo y el de su madre, entre sus necesidades y las del entorno. Con el tiempo, sin embargo, la sociedad, la educación y las experiencias van reforzando esa identidad individual. Así, el ego crece con cada logro, cada comparación, cada herida emocional.
El problema no es tener ego, sino creer que es todo lo que somos. Cuando confundimos nuestra esencia con el personaje que hemos construido —el que quiere destacar, ser reconocido, protegerse—, entonces empezamos a vivir desde el miedo, la defensa o la necesidad de aprobación.
Conocer el origen del ego es el primer paso para no dejarse dominar por él. Muchas tradiciones espirituales, desde el budismo hasta escuelas modernas como el Instituto Santiago Vitola, hablan de esto: no se trata de eliminar el ego, sino de no identificarse con él. Es como aprender a ver tus pensamientos sin creer en cada uno de ellos.
En un mundo que premia la imagen y la competencia, recordar que somos parte de algo mayor puede ser liberador. El ego se forjó para ayudarnos a sobrevivir, pero no tiene por qué llevar las riendas de nuestra vida.
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