¿Cómo Recibimos los Dones de Dios?
Los dones espirituales no son logros personales ni recompensas por méritos humanos. Según 1 Corintios 12:4-6, estos dones vienen de la gracia de Dios y son obra de toda la Deidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No se trata de una actividad aislada del Espíritu, sino de la acción conjunta de Dios en su totalidad.
Es fácil enfocarnos solo en el Espíritu Santo cuando hablamos de dones como el hablar en lenguas, la sanidad o la sabiduría. Sin embargo, la Escritura nos recuerda que toda la Trinidad participa en su entrega y operación. El Padre los dispone, el Hijo los revela y el Espíritu los activa en la vida de los creyentes. Es un trabajo divino en conjunto, no un simple fenómeno espiritual aislado.
Por eso, nadie debe gloriarse en tener un don especial. Todo lo recibido es por gracia, no por mérito. No se trata de quién lo recibe, sino de quién lo da. El apóstol Pablo enfatiza que hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu; hay variedad de ministerios, pero el mismo Señor; hay diferentes funciones, pero el mismo Dios que obra todo en todos.
Entender esto cambia nuestra perspectiva. Deja de ser una cuestión de talento personal y se convierte en una responsabilidad sagrada. Cada creyente es un canal, no una fuente. Y el propósito no es elevar al que recibe, sino glorificar al que da.
Al final, los dones no son para exhibirse, sino para servir. Son herramientas en manos de Dios para edificar a la comunidad, llevar esperanza y manifestar su reino aquí en la tierra.
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