¿Cómo ve Dios al altivo?
En medio de un mundo que a menudo premia la arrogancia y el orgullo desmedido, la Palabra de Dios ofrece una perspectiva clara y profunda: Dios mira de lejos al altivo, pero se acerca al humilde.
El salmista lo expresa con precisión en Salmos 138:6: “Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos”. Esta breve frase encierra una verdad poderosa. Dios, en su grandeza infinita, no necesita elevarse más; ya está sobre todo. Pero el que se ensalza a sí mismo, que camina con soberbia y desprecio hacia otros, se aleja del corazón de Dios.
La altivez no es solo un gesto de orgullo, sino una postura del corazón que rechaza la gracia y se exalta por encima de lo debido. Es el fariseo que oraba en público para ser visto, no el publicano que golpeaba su pecho diciendo: “Ten misericordia de mí, pecador” (Lucas 18:13). Y fue este último, el humilde, el que volvió a su casa justificado.
En cambio, Dios se inclina hacia el que reconoce su fragilidad, su necesidad, su pequeñez. No porque la humildad sea debilidad, sino porque abre espacio para que Él actúe. Como dice Santiago 4:6: “Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes”.
Ser humilde ante Dios no es fingir pobreza espiritual, sino vivir con la conciencia clara de quién Él es y quiénes somos nosotros. Y en esa postura sincera, descubrimos que Dios no se aleja, sino que se acerca, sostiene y guía.
Porque al final, no es la fuerza del orgullo lo que perdura, sino la gracia que sostiene al humilde.
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