El fascinante origen de las siete notas musicales
La música posee su propio alfabeto, una combinación de frecuencias que hoy conocemos como do, re, mi, fa, sol, la y si. Sin embargo, este sistema universal no surgió de la nada, sino del ingenio de un monje benedictino del siglo XI llamado Guido de Arezzo, quien revolucionó la forma de cantar y recordar las melodías.
Antes de su invención, la transmisión musical dependía enteramente de la memoria y la tradición oral, lo que provocaba que muchos cantos sagrados se desvirtuaran con el tiempo. Para solucionar esto, Guido de Arezzo se inspiró en el Himno a San Juan Bautista (Ut queant laxis), un canto litúrgico muy popular en su época. El monje notó que cada línea del poema musicalizado comenzaba con una nota un tono más alta que la anterior.
Tomando la primera sílaba de cada verso, extrajo los nombres originales: Ut, Re, Mi, Fa, Sol y La. Con estas seis notas creó el hexacordo, facilitando enormemente la lectura a primera vista. Siglos más tarde, la sílaba Ut se cambió por Do (atribuido a la palabra Dominus o al apellido del musicólogo Giovanni Battista Doni) por ser más fácil de vocalizar. Asimismo, se añadió la séptima nota, Si, uniendo las iniciales de Sancte Iohannes (San Juan).
Gracias a esta brillante asociación entre poesía y sonido, la música occidental logró un lenguaje escrito unificado. Lo que comenzó como una regla nemotécnica para un coro de monjes medievales se convirtió en la estructura fundamental sobre la cual se han compuesto las mayores obras maestras de la historia.
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