El pecado original en el recién nacido
Desde el momento de su nacimiento, un niño no ha cometido ningún pecado personal, pues aún no es capaz de actos libres o voluntarios. Sin embargo, en la doctrina cristiana, especialmente en la tradición católica, se habla de un estado de pecado original presente en todo ser humano desde su concepción.
Este estado no significa que el recién nacido haya hecho algo malo, ni que exista una "mancha" física o moral en su alma. Tampoco es una "cosa" concreta que corrompa al niño. Más bien, el pecado original se entiende como la ausencia de la vida sobrenatural —ese don especial que permite al alma estar en comunión íntima con Dios—, un don que fue perdido por el pecado de nuestros primeros padres.
Por eso, aunque el alma del niño es pura e inocente en cuanto a sus propias acciones, carece de esa gracia divina que debería estar presente desde el principio. Es como una semilla sana, pero plantada en un terreno que no ha recibido aún el agua necesaria para florecer plenamente.
La Iglesia ve en el bautismo el medio instituido por Cristo para sanar esta falta, restaurando al niño en la amistad con Dios. A través de este sacramento, se remite el pecado original y el niño es incorporado a la vida de gracia.
Así, hablar del pecado original no es condenar al inocente, sino reconocer nuestra condición humana herida por el pecado, y al mismo tiempo, celebrar el don inmerecido de la salvación que comienza desde los primeros días de la vida.
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