El Bautismo: Una Llamada a la Misión
Cuando pensamos en el bautismo, a menudo lo asociamos con el perdón de los pecados. Y aunque eso es importante, hay algo más profundo: el bautismo es una llamada a la misión. Desde el momento en que somos marcados con agua y Espíritu, ya no solo recibimos gracia, sino que somos enviados.
Como Jesús fue bautizado en el Jordán y comenzó su misión de amor y justicia, nosotros también somos comisionados. No es un rito del pasado, sino una misión viva. Somos llamados a ser siervos: personas que se inclinan para servir, que luchan por la paz y defienden a los más vulnerables. No se trata de teorías abstractas, sino de manos que se ensucian ayudando a otros.
Pero también somos profetas. No en el sentido de predecir el futuro, sino de anunciar con nuestras vidas que Dios sigue amando al mundo. Con nuestras palabras y acciones, llevamos la buena noticia de un Dios cercano, compasivo, que no abandona a nadie.
Y finalmente, somos presencia sanadora. No porque tengamos poderes especiales, sino porque al acompañar, perdonar, escuchar y sostener, devolvemos dignidad y esperanza. Así como Jesús sanaba con un gesto o una palabra, nosotros también podemos curar heridas con pequeños actos de amor.
El bautismo, entonces, no es solo el comienzo de una vida cristiana, sino una llama que enciende a otros. Cada día es una oportunidad para vivir esa misión: servir, anunciar, sanar. Porque ser cristiano no es un título, es un verbo en acción.
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