¿Por qué algunos objetos flotan y otros no?

Cuando lanzamos un objeto al agua, es común preguntarnos por qué unos flotan y otros desaparecen rápidamente hacia el fondo. La respuesta está en la densidad.

El principio es sencillo: un cuerpo flota si su densidad es menor que la del fluido en el que se encuentra. Por ejemplo, un tronco de madera flota en el agua porque es menos denso que ella. En cambio, una piedra, más densa que el agua, se hunde sin remedio.

Esto se debe al equilibrio entre dos fuerzas: el peso del objeto, que lo empuja hacia abajo, y el empuje del fluido, que lo empuja hacia arriba. Este empuje, descubierto por Arquímedes, es igual al peso del fluido que el objeto desplaza. Si el empuje supera al peso, el objeto flota.

Este fenómeno explica por qué un enorme barco de acero puede navegar sin hundirse. Aunque el acero es más denso que el agua, la forma del barco permite que desplace una gran cantidad de agua, aumentando así el empuje que recibe. En esencia, el barco flota porque su densidad promedio —incluyendo el aire en su interior— es menor que la del agua.

Hasta en el mar Muerto, donde el agua es extremadamente salada y, por tanto, más densa, las personas flotan con facilidad. Aquí, el factor clave vuelve a ser la densidad: el agua salada ofrece más empuje, haciendo que incluso quienes no saben nadar se mantengan a flote.

Así, ya sea un corcho o un transatlántico, todo se reduce a una sencilla comparación: si el objeto es menos denso que el fluido, flotará. Si no, se hundirá.

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