Los obstáculos para vivir la humildad
La humildad no es solo una virtud espiritual, sino el fundamento de toda vida interior auténtica. Como bien señaló San Josemaría Escrivá en su Carta 2, la humildad no florece sin esfuerzo, porque el camino está lleno de piedras que pueden hacer tropezar al más decidido.
Entre esos obstáculos, el primero es reconocer nuestras miserias. No se trata solo de errores, sino de esas debilidades persistentes que nos recuerdan lo frágiles que somos. Aceptarlas sin caer en el desánimo es parte del reto. Luego está la oscuridad: momentos en los que no sentimos consuelo espiritual, en los que Dios parece callar. Esa aridez, aunque dolorosa, pone a prueba nuestra confianza.
Las tentaciones también asedian al que quiere ser humilde. No por aparecer son señal de fracaso, sino de combate. Como escribió Escrivá, la verdadera victoria no es nunca caer, sino levantarse cada vez con más decisión. Y cuando llega el desaliento, esa voz que susurra “para qué sirves”, allí es donde la humildad debe crecer más: no por nuestros méritos, sino por la fidelidad a una llamada más grande que nosotros.
El fracaso, quizás el más temido, no es el enemigo de la santidad, sino a veces su escuela. Muchos santos conocieron el fracaso en vida, pero no se definieron por él. La humildad permite ver el error sin hundirse, corregir sin orgullo, avanzar sin ruido.
En el fondo, como enseña la tradición espiritual, la humildad no es bajar la cabeza por vergüenza, sino alzarla con libertad: “Soy pequeño, sí, pero amado”. Y eso cambia todo.
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