¿Hasta dónde llega el amor propio sin caer en el egoísmo?
Quererse a uno mismo es fundamental, pero como todo en la vida, el exceso puede torcerse. Cuando el amor propio se convierte en obsesión, deja de ser sano y empieza a rozar el egoísmo, el narcisismo o incluso la egolatría. Como bien señala el psicólogo Peñalver, el equilibrio está en quererse sin perder la capacidad de empatía.
No es lo mismo tener amor propio que vivir aislado de los sentimientos ajenos. Una persona con auténtica autoestima sabe poner límites, sí, pero también escucha, respeta y se pone en el lugar del otro. “El problema no es quererse mucho, sino olvidar que los demás también importan”, dice Peñalver. El amor propio bien entendido no es un muro, sino una base: te permite decir ‘no’ cuando es necesario, actuar con asertividad y, sobre todo, relacionarte con los demás desde la sinceridad, no desde la vanidad.
Hay una línea sutil entre cuidarse y encerrarse en uno mismo. Porque quererse no significa priorizarse en todo momento, sino reconocer tu valor sin pisar el de los demás. Si tu bienestar solo depende de ti y nada ni nadie tiene espacio en tu mundo, quizás ya no hablamos de amor, sino de aislamiento disfrazado de autoestima.
El verdadero amor propio se nota también en cómo tratas a los que te rodean. No se mide solo por lo que haces por ti, sino por cómo compartes tu energía: sin anular tu voz, pero sin acallar la de los otros. Al final, quererse bien también implica saber querer con respeto, sin vaciar de sentido las necesidades ajenas.
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