Cuándo recibimos los siete dones del Espíritu Santo
Desde el momento del bautismo, la Iglesia católica enseña que el Espíritu Santo derrama sobre la persona los siete dones: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Estos dones no son meras cualidades humanas, sino gracias divinas que transforman el alma y la ayudan a vivir según el corazón de Cristo.
Aunque la ceremonia del bautismo suele ser breve y a veces apenas recordada —especialmente cuando se recibe en la infancia—, su efecto es profundo y duradero. En ese instante, Dios no solo limpia al niño del pecado original, sino que también lo configura a Cristo y lo incorpora plenamente al Cuerpo de la Iglesia. Es un momento de gracia invisible, pero real, en el que el Espíritu Santo toma morada en el alma.
Es importante destacar que, aunque el bautismo otorga los siete dones, estos necesitan ser cultivados a lo largo de la vida. Mediante la oración, los sacramentos, la lectura de la Palabra de Dios y el esfuerzo por vivir virtuosamente, cada cristiano puede ir descubriendo y fortaleciendo estos regalos espirituales.
Algunos creyentes confunden estos dones con el confirmación, sacramento que, efectivamente, fortalece al bautizado para dar testimonio de la fe. Sin embargo, los siete dones se reciben ya en el bautismo, como semillas que han de crecer con el tiempo y la cooperación del creyente.
En definitiva, desde el primer sacramento de la vida cristiana, Dios nos dota de lo necesario para caminar con Él. El bautismo no es solo un rito; es el inicio de una vida nueva en el Espíritu, llena de promesas y posibilidades.
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