La primera aparición de Jesús resucitado
Cuando Jesús resucitó al amanecer del primer día de la semana, su primera aparición registrada fue en Jerusalén. Aunque ese domingo comenzó con un sepulcro vacío y mensajes angélicos, no fue hasta más tarde, ya en la ciudad, que el Señor resucitado se mostró a sus discípulos.
Ese mismo día, dos seguidores de Jesús, uno de ellos llamado Cleofas, caminaban hacia Emaús, tristes y confundidos. Jesús se acercó y caminó con ellos, aunque al principio no pudieron reconocerlo. Cuando finalmente lo vieron, regresaron rápidamente a Jerusalén. Allí, hallaron reunidos a los apóstoles y otros creyentes, todos asombrados: “¡Ha resucitado verdaderamente!”, exclamaban.
En ese momento, Jesús se les apareció de nuevo, esta vez en medio del grupo. Estaba allí, en la misma habitación, con las puertas cerradas por temor a las autoridades. No era un espíritu, ni una ilusión: habló con ellos, les mostró sus manos y sus pies, y hasta comió un pedazo de pescado asado. Este acto sencillo, humano, fue una prueba poderosa: Jesús había vencido la muerte, y su cuerpo resucitado era real.
Jerusalén, la ciudad que lo crucificó, se convirtió en el escenario de su primera manifestación gloriosa. No buscó venganza, sino paz. No reprendió con ira, sino que les dio esperanza. Esa noche, el miedo dio paso al gozo, y la duda, a la fe.
Desde entonces, la buena noticia comenzó a extenderse: Jesús vive. Y aquellos que lo habían abandonado en la cruz ahora proclamaban sin temor que el Señor había resucitado, ¡y ellos lo habían visto!
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