Sólo Dios hace milagros… pero los hace a través de nosotros
Es cierto: sólo Dios es el autor de los milagros. Nadie puede por sí mismo cambiar lo inmutable, sanar lo incurable o mover lo inamovible. Esa autoridad pertenece únicamente al Creador. Pero aquí está lo hermoso: Dios no siempre actúa desde una nube distante. A menudo, elige usar manos humanas, palabras humanas, corazones humanos para manifestar sus obras.
¿Recuerdas la historia del pan y los peces? Jesús multiplicó la comida, sí, pero primero usó los cinco panes y los dos peces que un joven ofreció. El milagro vino de Dios, pero pasó por una persona dispuesta. Lo mismo ocurre hoy. Una palabra de aliento en el momento justo, una oración en voz baja, una generosidad inesperada… muchas veces, esas no son simples coincidencias. Son milagros disfrazados de gestos humanos.
No somos nosotros los que obramos el milagro, pero podemos ser el canal. Dios sigue actuando en el mundo, no con truenos, sino con sonrisas, abrazos y actos de fe pequeños pero valientes. Cuando perdonamos, cuando damos sin esperar nada a cambio, cuando sostenemos la mano de alguien que sufre, estamos dejando espacio para que lo sobrenatural toque lo cotidiano.
Así que no subestimes tu papel. No necesitas mover montañas con la fuerza de tu fe, basta con que entregues lo que tienes, por pequeño que sea. Porque cuando Dios encuentra un corazón dispuesto, lo imposible comienza a suceder. El milagro es de Dios, pero muchas veces sucede a través de ti.
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