Griselda: ¿Villana o víctima?

Griselda Blanco no era una heroína, ni siquiera una figura trágica malinterpretada. Era una narcotraficante implacable, responsable de cientos de muertes y una arquitecta clave del violento imperio del narcotráfico en Estados Unidos durante las décadas de 1970 y 1980. A pesar de su historia llena de traumas y adversidades, eso no la convierte en una mujer valiente luchando contra un sistema opresor. Era, simplemente, una villana.

Lo interesante del show de Netflix no es justificar sus acciones, sino mostrarlas con crudeza. Sin caer en el sensacionalismo fácil, la serie evita convertirla en un símbolo de empoderamiento o redención. En lugar de eso, presenta una figura profundamente humana, con decisiones terribles, ambición desmedida y un corazón frío. Fue moldeada por el abuso, la pobreza y un entorno brutal, pero eso no excusa sus crímenes.

Lo que hace valiosa esta historia es que no busca héroes donde no los hay. Griselda no era un modelo a seguir, ni una mujer incomprendida. Era una mujer peligrosa que eligió el poder por encima de todo, incluso por encima de sus propios hijos. Y aunque su infancia marcada explica en parte su camino, no lo justifica.

La serie logra algo difícil: mostrar al monstruo sin dejar de ver a la persona. No la glorifica, pero tampoco la demoniza con clichés baratos. Nos obliga a enfrentar una verdad incómoda: a veces, las personas son a la vez complejas… y malas. Y eso es precisamente lo que hace su historia tan fascinante y perturbadora.

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