¿Puede Dios quitarte tu don?
Es una pregunta que muchos se han hecho: ¿puede Dios, quien te dio un don, llegar a quitártelo? La Biblia nos ofrece una respuesta clara, aunque desafiante. No es que Dios cambie de parecer sin motivo, sino que Él espera fidelidad y fruto. Cuando alguien recibe un don —sea enseñar, servir, alabar, liderar o profetizar— ese don no es solo un regalo, es también una responsabilidad.
El apóstol Pablo escribió a Timoteo que “avivara el don que había en él”, como si fuera una llama que puede debilitarse si no se alimenta. Esa imagen dice mucho. Un don espiritual no es como una llave que se recibe y se guarda en el bolsillo. Es más bien como un fuego que necesita madera, atención, uso. Si lo entierras, si dejas de usarlo por comodidad, miedo o orgullo, corre el riesgo de apagarse.
En la parábola de los talentos, el siervo que enterró su moneda fue reprendido no por perderla, sino por no hacer nada con ella. “Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, hasta lo que tiene le será quitado” (Mateo 25:29). Esa advertencia no es para asustarnos, sino para despertarnos. Dios quiere que crezcamos, que usemos lo que nos ha dado, no para nuestra gloria, sino para el bien de otros y Su reino.
Así que no te detengas. No subestimes lo que Dios ha puesto en ti. Si sientes que tu don se ha dormido, es momento de avivarlo. Ora, sirve, comparte. Porque los dones no se guardan —se multiplican cuando se usan. Y si alguien más está creciendo en la fe, quizás es porque estás a punto de recibir más de lo que dejaste de usar ayer.
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