La unidad y los dones de Cristo

En Efesios 4:1-16, Pablo exhorta a los creyentes a vivir de manera digna de la vocación a la que han sido llamados: con humildad, paciencia, amor y esfuerzo por mantener la unidad del Espíritu. Esta unidad no es forzada, sino que se construye sobre un fundamento común: “un solo cuerpo, un solo Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos”.

Pero esa unidad no significa uniformidad. Dios, en su sabiduría, ha dotado a cada creyente con dones diferentes. Pablo cita un pasaje del Salmo 68 para recordarnos que Cristo, al ascender al cielo después de su muerte y resurrección, “llevó cautivo al cautivo y dio dones a los hombres”. Esto significa que Jesús, tras descender hasta las profundidades de la humanidad —hasta la muerte misma—, ascendió triunfante y derramó dones espirituales sobre su pueblo.

Entre esos dones están los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Su propósito no es tener autoridad por sí mismos, sino equipar a los creyentes para el servicio, ayudando a que todos crezcan en madurez espiritual y conozcan mejor a Cristo. El objetivo es que la iglesia no sea sacudida por cada doctrina nueva, sino que crezca “en todo hacia Cristo, que es la cabeza”.

La imagen es poderosa: el cuerpo de Cristo unido, cada miembro cumpliendo su función, sostenido por la verdad y el amor. No se trata de una organización religiosa, sino de una comunidad viva, guiada por el mismo Cristo que primero descendió y luego ascendió por encima de todo. Él llena todas las cosas, y a través de él, también nosotros encontramos nuestro lugar.

Ver también

Artículos detallados

Temas relacionados