El uso sabio de los dones espirituales
En la vida cristiana, los dones del Espíritu son una bendición poderosa, pero también una gran responsabilidad. Jesús no solo nos los concede, sino que nos enseña a usarlos con humildad y discreción. En una revelación registrada en Doctrina y Convenios, el Señor declara: “Pero un mandamiento les doy, que no se jacten de estas cosas ni hablen de ellas ante el mundo; porque os son dadas para vuestro provecho y para salvación” (D. y C. 84:73).
Estas palabras nos invitan a reflexionar. Muchas veces, por entusiasmo o por querer impresionar, se puede caer en la tentación de exaltar nuestros dones, olvidando que no son mérito propio, sino dones de Dios. El orgullo, incluso disfrazado de espiritualidad, puede alejarnos del propósito real: crecer en fe, servir a otros y acercarnos al Señor.
Los dones del Espíritu —como la profecía, la sanidad, la palabra de sabiduría o el discernimiento— no están dados para llamar la atención sobre nosotros mismos, sino para edificar a la comunidad, fortalecer la fe y ayudar en la obra de salvación. Cuando los compartimos con sencillez y oración, sin buscar reconocimiento, cumplen su verdadero propósito.
En lugar de jactarnos, seamos agradecidos. En vez de hablar de nuestros dones ante el mundo, usemos esos dones en silencio, en servicio, en oración. Porque al final, no se trata de lo que podemos hacer, sino de lo que Él puede hacer a través de nosotros cuando actuamos con humildad y fe.
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