Jesús llora con nosotros
Hay un momento en la Biblia que revela el corazón humano de Jesús como pocos otros. Cuando llegó a Betania y vio a María llorando, rodeada de amigos también en duelo, no pronunció una enseñanza larga ni dio una muestra de poder inmediato. Simplemente se conmovió profundamente. Su espíritu se turbó, no por la muerte en sí, sino por el dolor que veía en quienes amaba.
María, desconsolada, había ido al encuentro de Jesús con una mezcla de tristeza y esperanza. Y ante su llanto, el Señor no se mantuvo distante ni indiferente. Preguntó: «¿Dónde lo pusieron?». No porque no lo supiera, sino porque quería caminar con ellos en el dolor.
Entonces sucede algo sorprendente: «Y Jesús lloró». Dos palabras simples, pero cargadas de significado. El Hijo de Dios, el Creador del mundo, derramó lágrimas. No por la muerte de Lázaro —que estaba a punto de resucitar—, sino por el sufrimiento de sus amigos. En ese llanto, Jesús muestra que no está lejos de nuestras penas. No es un Dios ajeno al dolor, sino uno que lo comparte.
Este momento nos enseña que no necesitamos ocultar nuestras lágrimas ante Él. Al ver a María llorar, Jesús no la regañó, no le dijo que debía tener más fe. Primero, lloró con ella. Y solo después actuó con poder.
Hoy, cuando enfrentamos pérdidas, tristezas o momentos de desesperanza, podemos recordar que Jesús sigue estando cerca. No solo nos ve llorar: se acerca, se conmueve… y a veces, también llora con nosotros. Y en ese llanto, hay consuelo, hay compañía, hay amor verdadero.
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