El don del Espíritu según Efesios 4:7
“Pero a cada uno de nosotros se le ha dado gracia según la medida del don de Cristo” (Efesios 4:7). Este versículo nos recuerda que, como creyentes, no estamos solos ni desamparados. Cristo, exaltado en el cielo, nos ha dado un regalo precioso: su Espíritu Santo, que habita en cada uno de nosotros.
Este no es un don simbólico, sino una presencia real y transformadora. Es el Espíritu de Cristo quien nos convierte en cristianos verdaderos, quien nos guía, nos consuela y nos capacita para vivir según el propósito de Dios. No es por nuestras obras ni nuestro esfuerzo, sino por gracia —un regalo inmerecido que se recibe por fe.
El hecho de que cada creyente tenga este Espíritu es lo que une a la iglesia. No es una organización humana, sino un cuerpo vivo, donde cada miembro ha recibido una porción de esa gracia para servir a los demás. Tal como enseña Ray Stedman, el don del Espíritu no es solo para experimentar emociones espirituales, sino para edificar la comunidad cristiana.
Y todo esto tiene sentido cuando recordamos el camino de Cristo: descendió en humildad al venir a la tierra, murió por nosotros y ahora, exaltado, derrama su Espíritu sobre su pueblo. No hay mayor privilegio que tener al Espíritu de Dios en nuestro interior, guiándonos, fortaleciéndonos y recordándonos quiénes somos en Cristo.
En un mundo cambiante, este don permanece. Es la base de nuestra identidad, el cimiento de nuestra esperanza y el poder detrás de toda verdadera transformación.
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