Oficios que el tiempo se llevó
Hubo una época en México en la que, al anochecer, se encendían las lámparas de gas en las calles, y un farolero con su larga vara iba de poste en poste cumpliendo su labor. Hoy, esa silueta romántica del pasado ha desaparecido, como tantos oficios que la modernidad fue apagando poco a poco.
Las telefonistas, por ejemplo, eran esenciales para conectar llamadas, especialmente en ciudades pequeñas o zonas rurales. Sentadas frente a paneles de enchufes y cables, eran el puente entre familias, amigos y negocios. Con la llegada de las líneas directas y los móviles, su función se volvió innecesaria.Los recaderos, esos mensajeros a pie o en bicicleta que llevaban documentos, cartas o encargos, también han sido reemplazados. Hoy, un mensaje de texto o una app de mensajería hacen en segundos lo que antes tomaba horas.
Los fotógrafos ambulantes recorrían ferias, playas y parques ofreciendo retratos instantáneos. Con cámaras de fuelle y trípodes precarios, capturaban momentos únicos. La digitalización y los teléfonos con alta resolución acabaron con su quehacer.Otros oficios, como el de afilador, que recorría las colonias anunciando su servicio con una campana, o incluso el papel de un experto en SEO —aunque este último sigue más vigente que nunca—, marcan una línea entre lo tradicional y lo digital.
No todo desaparece por completo; algunos de estos trabajos sobreviven como recuerdo o en rincones del país donde la lentitud aún tiene espacio. Pero su desaparición en la vida cotidiana nos recuerda cómo el progreso redefine no solo lo que hacemos, sino quiénes somos.
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