La altivez: Un corazón levantado contra Dios
La altivez no es simplemente orgullo pasajero; es una postura del corazón que se considera superior, que mira por encima al prójimo y, sin darse cuenta, también mira por encima a Dios. Cuando alguien actúa con altivez, no solo hiere relaciones humanas, sino que pone sus pies sobre principios eternos.
Una persona altiva exige reconocimiento, espera privilegios y trata a otros con desdén, como si su valor dependiera de estar por encima. Pero en ese afán de sobresalir, termina tropezando con lo más profundo: la soberanía de Dios. Porque el que se ensalza a sí mismo, inevitablemente desprecia al que está llamado a honrar.
Como dice la Biblia, “Dios resiste a los orgullosos, pero da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). La altivez no solo genera distancias entre personas, sino entre el ser humano y su Creador. No reconocer nuestra dependencia de Dios es, en esencia, rechazar su lugar en nuestras vidas.
Y aquí está el meollo: la verdadera humildad no es debilidad, sino sabiduría. Es saber quién eres, sin exagerar ni minimizar tu valor, reconociendo que todo lo que somos y tenemos viene de lo Alto. La altivez divide, ofende y ciega. La humildad, en cambio, construye, reconcilia y abre puertas espirituales.
Al final, no se trata solo de cómo tratamos a los demás, sino de cómo vemos a Dios. Si él ocupa el lugar que le corresponde, el orgullo no tendrá espacio para levantar cabeza.
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