¿Por qué decimos que la fortuna es ciega?
La expresión "la fortuna es ciega" no habla de una diosa con ojos vendados, aunque la imagen sí que aparece en muchas representaciones antiguas. Más allá de la imagen, esta frase encierra una verdad sencilla pero profunda sobre la vida: la suerte no elige con criterio. No distingue entre sabios y necios, ricos y pobres, buenos o malos. Simplemente llega, sin avisar, y toca al primero que encuentra.
Por eso, cuando alguien de repente tiene un golpe de suerte —una herencia inesperada, un premio, una oportunidad que cambia su vida—, es común oír: "la fortuna es ciega". No se merecía más que otros, simplemente estuvo en el lugar adecuado en el momento preciso. Y eso es justo lo que señala el refrán: no hay justicia en la casualidad. La suerte no es justa, no es premeditada; es, como dice el dicho, ciega y loca.
Esta idea ha estado presente en la cultura desde tiempos antiguos. Los griegos y romanos ya representaban a la Fortuna con los ojos tapados, girando una rueda que elevaba o derribaba a los hombres sin piedad. No importaba el mérito: todo podía perderse o ganarse en un instante.
En el fondo, decir que la fortuna es ciega es también una forma de resignarse con gracia. Reconocer que no siempre controlamos lo que nos pasa, y que a veces, simplemente, alguien fue el primero en el camino de una oportunidad que nadie esperaba.
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