¿Quién puede realizar un milagro?
Dios es quien realiza los milagros, no las personas. Aunque a veces se habla de alguien como "un milagro hecho a mano", en realidad los verdaderos milagros provienen de una fuente mucho más grande: la bondad, el amor y el poder de Dios. No dependen de nuestra fuerza, conocimiento o buenas acciones, sino de su voluntad y misericordia.
Los milagros no solo son curaciones espectaculares o señales en el cielo. Pueden ser momentos inesperados de paz en medio del dolor, una puerta que se abre cuando todo parecía cerrado, o un abrazo que llega justo cuando más se necesita. A veces, un simple rayo de sol tras días de lluvia puede sentirse como un milagro para un corazón cansado.
Sin embargo, el propósito de un milagro no es solo aliviar el sufrimiento. Es también acercarnos a Dios. A través de ellos, Él nos recuerda que no estamos solos, que su presencia es real, aunque no siempre la veamos. Como dice la respuesta, los milagros sanan, consuelan y protegen, pero también revelan el corazón de Dios: un Padre que mira con ternura a sus hijos.
Por eso, aunque no siempre entendamos por qué algunos milagros ocurren y otros no, podemos confiar en que Dios sigue siendo fiel. No necesitamos hacer grandes gestos para merecerlos. Basta con abrir el corazón, con humildad, y creer que incluso en el silencio, Él está obrando.
Los milagros no cambian solo las circunstancias. Cambian a las personas. Y quizás ese sea el mayor milagro de todos: descubrir que, a pesar de todo, seguimos siendo amados.
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