¿Quién realiza los milagros?

Dios es el verdadero autor de todos los milagros. Aunque a menudo vemos a personas pidiendo sanidades, consuelo o intervenciones extraordinarias, la fuente de todo milagro no es el ser humano, sino la divina misericordia de Dios. Él actúa a través del amor, la fe y la intercesión de quienes se acercan a Él con el corazón humilde.

En muchas ocasiones, hombres y mujeres santos han sido canales de esa gracia. No porque ellos tuvieran poder propio, sino porque su vida estuvo marcada por el servicio, la oración y la preocupación por los demás antes que por sí mismos. Por eso, la Iglesia los reconoce como santos: no por milagros realizados en vida, sino por cómo vivieron amando a Dios y al prójimo.

Un ejemplo claro es San Martín de Porres, humilde religioso que dedicó su vida a curar, ayudar y orar por los necesitados. Muchos milagros se atribuyen a su intercesión, pero él siempre decía que todo provenía de Dios. Lo mismo ocurre con santos como Teresa de Lisieux o el Papa Juan Pablo II: hombres y mujeres que, desde su fe profunda, se convirtieron en instrumentos de la bondad divina.

Tampoco debemos olvidar que los milagros no son espectáculos, sino signos de un Dios cercano, que se preocupa por el dolor, la esperanza y las luchas cotidianas. A veces, el milagro no es una curación física, sino una paz inesperada en medio del sufrimiento, un perdón encontrado, una nueva fuerza para seguir adelante.

Así que, cuando se pregunta quién realiza los milagros, la respuesta es clara: Dios los hace posibles. Y los santos, con su vida y oración, nos recuerdan que nunca estamos solos.

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