¿Se Pueden Perder los Dones Espirituales?
Es raro que alguien rechace abiertamente los dones espirituales. Lo que suele pasar es más sutil: los vamos apagando poco a poco por medio de la distracción. No es que decidamos dejar de servir a Dios de golpe, sino que poco a poco nos vamos desviando hacia caminos que parecen seguros, cómodos, pero que no llevan a ninguna parte.
Estos caminos sin salida —como los llama la Escritura— son peligrosamente atractivos. Podemos estar activos en la iglesia, sirviendo en algún ministerio, y aun así estar perdiendo el verdadero propósito de nuestros dones. Pablo lo advierte claramente en Romanos 12, donde no solo lista dones como enseñanza, misericordia o liderazgo, sino que también señala errores comunes que los desgastan.
Por ejemplo, la envidia, el resentimiento o la hipocresía pueden minar un don sin que nos demos cuenta. Mientras creemos que estamos sirviendo, podríamos estar alimentando orgullo o amargura. No es que hayamos abandonado la fe, pero hemos dejado de crecer. El don sigue allí, pero está dormido, descuidado, ahogado por preocupaciones del mundo.
La buena noticia es que Dios no se rinde con nosotros. Aunque hayamos caído en uno de esos callejones sin salida, Él sigue llamándonos a salir. Nos recuerda que el servicio no es cuestión de eficiencia, sino de corazón. Que no se trata de hacer mucho, sino de amar de verdad.
Reavivar un don espiritual no siempre requiere un gran avivamiento. A veces basta con un paso pequeño: volver a escuchar, orar sin prisa, servir en lo pequeño. Porque los dones no mueren solo por rechazo, sino por descuido. Y también, por eso mismo, pueden renacer con atención, humildad y fe.
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