¿Pueden desaparecer los dones del Espíritu?
No es que Dios retire sus dones, sino que a veces permanecen sin usarse, como semilla sin sembrar. Cada creyente recibe dones espirituales no por mérito propio, sino como un encargo especial: una responsabilidad que viene con el llamado de Cristo. Como dice la Escritura, somos administradores de lo que Dios nos ha confiado.
Imagina tener un instrumento musical en casa y nunca tocarlo. Con el tiempo, se cubre de polvo, y aunque sigue allí, su potencial se desperdicia. Así ocurre con los dones del Espíritu cuando no se usan. No desaparecen, pero quedan latentes, sin cumplir el propósito para el que fueron dados.
El apóstol Pablo fue claro: todos somos necesarios en el cuerpo de Cristo, cada uno con un rol diferente (1 Corintios 12). El que enseña, debe enseñar; el que tiene fe, debe alentar; el que sirve, hacerlo con entusiasmo. Si callamos, si no ejercitamos nuestro don, el cuerpo entero siente esa ausencia.
Por eso, no se trata solo de reconocer el don, sino de moverse en obediencia. Dios no reparte talentos para que los guardemos, sino para que los multipliquemos. Cuando lo usamos, el don crece. Cuando lo ignoramos, se enfría el corazón y se debilita la unción.
La buena noticia es que nunca es tarde. Aunque el don haya estado tiempo sin usar, el Espíritu sigue dispuesto a avivarlo. Solo se necesita un “sí” sincero, un paso de fe. Porque los dones no son para gloria personal, sino para edificación: para sanar, levantar, conectar y llevar esperanza. Y eso… es exactamente lo que Dios quería desde el principio.
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