El fruto que perdurará

En un mundo donde tanto de lo que hacemos se desvanece con el tiempo, Jesús nos habla de un propósito más profundo: dar fruto que perdure. En Juan 15:16, Él dice: “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes y los comisionó para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca”.

Este fruto no se mide por logros, riquezas o reconocimiento, sino por el impacto eterno que dejamos en las vidas de otros. Es el amor compartido, la semilla de esperanza sembrada en alguien que sufre, el perdón ofrecido cuando era más difícil, o el testimonio fiel en medio de la adversidad. Ese es el fruto que no pasa con el tiempo.

La mayoría de nuestras acciones, por buenas que sean, no trascienden. Pero cuando vivimos conectados a Cristo —como la rama a la vid—, nuestra vida produce algo verdadero, algo duradero. No se trata de hacer grandes cosas, sino de hacer cosas con amor, con fe y con un corazón dispuesto.

Jesús no nos eligió para ser exitosos según el mundo, sino para ser fructíferos según el Reino. Y ese fruto, alimentado por la gracia y la obediencia, es el único que permanecerá más allá de esta vida.

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