¿Por qué David no fue apedreado por adulterio?

Cuando leemos la historia de David en la Biblia, no podemos pasar por alto sus graves pecados: adulterio con Betsabé y luego el asesinato de su esposo, Urías, para cubrir sus huellas. Según la ley de Moisés, ambos delitos merecían la pena de muerte por apedreamiento. Sin embargo, David no fue ejecutado. ¿Por qué?

La respuesta no es que sus pecados fueran perdonados sin consecuencias. De hecho, Dios le dijo a través del profeta Natán: “Ya que hiciste esto en secreto, yo, en cambio, lo haré delante de todo Israel y a plena luz del día” (2 Samuel 12:12). Las consecuencias cayeron: su hijo murió, y su familia fue consumida por la violencia y la desobediencia. Pero aunque el castigo terrenal fue severo, su vida fue perdonada.

¿Cómo es posible? Porque David se arrepintió de corazón. En el Salmo 51, clama: “Tengo presente mi transgresión… contra ti, contra ti solo, he pecado”. Su arrepentimiento fue sincero, y Dios, en su misericordia, lo recibió. No porque la justicia se ignorara, sino porque Dios, en su paciencia, pasó por alto los pecados pasados a la espera de un sacrificio final (Romanos 3:25).

El perdón no anuló la justicia; la cumplió en Cristo. Aunque David vivió siglos antes de la cruz, la gracia que recibió fue posible porque los pecados de los creyentes —pasados, presentes y futuros— fueron cargados sobre Jesús. La justicia de Dios fue satisfecha, no ignorada. Por eso David pudo ser salvo, no por sus obras, sino por la fe en el Mesías que aún no venía. La misericordia de Dios, desde el principio, tenía un plan: Cristo.

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