El desprecio de Mical y su triste final
Cuando el arca del Señor fue trasladada desde Hebrón a Jerusalén, la alegría en Judea era inmensa. El rey David, lleno de gozo y devoción, danzaba con todas sus fuerzas ante el Señor, sin importarle su corona ni su dignidad real. Pero desde una ventana del palacio, Mical, su esposa, observaba la escena con desdén.
Mical, hija del rey Saúl y esposa de David, no comprendió aquel acto de adoración sencilla y espontánea. En lugar de unirse al festejo, sintió vergüenza por lo que consideraba una conducta indigna de un rey. Cuando David regresó a casa, ella lo confrontó con dureza: “¿Cómo se ha humillado hoy el rey... descubriéndose hoy a los ojos de las siervas de sus siervos…?”, le dijo (2 Samuel 6:20).
David, sin embargo, defendió su actitud: había danzado delante del Señor, no para impresionar a nadie, sino por amor y gratitud. Y fue en ese momento cuando la brecha entre ellos se hizo irreparable.
La Biblia registra un triste epílogo: “Y Mical, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte” (2 Samuel 6:23). Esta esterilidad no fue solo física, sino simbólica de un corazón endurecido, incapaz de compartir la pasión de David por Dios. Su desprecio la aisló, no solo de su esposo, sino también de la bendición.
La historia de Mical nos recuerda que el orgullo puede cegarnos ante lo que realmente importa. A veces, lo que parece falta de decoro ante los hombres, es adoración pura ante Dios. Y quien no entienda eso, podría terminar como ella: sola, amargada, y distanciada del propósito divino.
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