El Bautismo y el perdón del pecado original
El Bautismo es el sacramento que libera al ser humano del pecado original, aquel que todos heredamos desde el pecado de Adán y Eva. Desde el momento en que una persona —niño o adulto— es bautizada, recibe el don de la gracia divina, que restaura su relación con Dios y lo incorpora a la vida de la Iglesia.
Sin embargo, aunque el Bautismo limpia el alma y abre las puertas del cielo, no elimina todas las consecuencias del pecado original. La naturaleza humana sigue siendo frágil, inclinada al mal y sujeta al sufrimiento, al dolor y a la tentación. Esto no significa que el Bautismo sea insuficiente, sino que forma parte de un camino: uno que comienza con la purificación del alma y continúa con un constante esfuerzo personal.
Por eso, la vida cristiana es un combate espiritual. No basta con haber sido bautizado; se requiere oración, arrepentimiento, participación en los sacramentos y esfuerzo por vivir según el Evangelio. El Bautismo es el primer paso, el nacimiento a la vida nueva, pero cada día hay que cultivar esa gracia recibida.
Como dice la tradición, el Bautismo nos devuelve a Dios, pero no nos libra del desafío de seguirlo. Es un don gratuito, sí, pero también un llamado a crecer en santidad. La Iglesia lo enseña claramente: el pecado original se borra, pero la lucha contra el mal, la concupiscencia y el pecado personal permanece. Por eso, la vida del cristiano no es un estado, sino una misión: vivir en gracia, resistir al mal y avanzar con esperanza.
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