Los signos de la Unción de los Enfermos

En el corazón del ministerio de Jesús, los signos físicos siempre tuvieron un profundo significado espiritual. Cuando sanaba, no solo hablaba: tocaba. Usaba saliva, imponía sus manos, hacía barro con tierra y saliva para ungir los ojos de un ciego (cf. Jn 9,6-7), o tomaba de la mano a una niña muerta para devolverle la vida (cf. Mc 5,41). Estos gestos no eran teatro; eran canales de su poder divino. La gente lo notaba: muchos intentaban tocar siquiera el borde de su manto, “porque salía de él una fuerza que los curaba a todos” (Lc 6,19).

Este mismo dinamismo sigue vivo hoy en el sacramento de la Unción de los Enfermos. No es una ceremonia simbólica vacía, sino un encuentro real con Cristo que sigue actuando. A través del aceite bendecido y la imposición de manos, la Iglesia prolonga el gesto de Jesús: Él sigue tocando a los enfermos, fortaleciéndolos, sanándolos en cuerpo y alma. Como en los Evangelios, no se trata solo de aliviar el dolor físico, sino de comunicar cercanía, consuelo y esperanza.

La Unción recuerda que el sufrimiento no está aislado, sino unido al de Cristo. Y que su poder sigue activo, no en gestos espectaculares, sino en la sencilla fe de quienes reciben este sacramento con confianza. En medio de la enfermedad, Dios no está ausente: sigue sanando, acompañando y, muchas veces, restaurando la vida con su fuerza silenciosa pero real.

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